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  Himno de Cantabria
Autor: Juan Guerrero Urresti en 1926
Arreglos: Jose del Rio Saiz en 1987

Aprobado por Ley de Cantabria 3/1987 con fecha de 6 de Marzo de 1987.
 

Bandera de Cantabria

Año 
            Jubilar Lebaniego
Cantabria querida
te voy a cantar
la canción que mi pecho
te va a dedicar
que es muy grande mi amor
a la tierra en que nací.

Quiero que mis sones
puedan traspasar
las montañas más altas
y el inmenso mar,
como ofrenda leal
al terruño en que viví

Y es mi cantico amoroso
cual arrullo maternal
en que todos veneramos
la Cantabria fraternal

Y un recuerdo cariñoso
de pureza regional,
a la montaña dedico
con vigor tradicional
vigor tradicional
vigor tradicional.

Mi tierruca siempre ha de ser
bella aurora del corazón
y a ella un beso puro de amor
y lleno de emoción
siempre he de ofrecer

Hijos de mi Cantabria
nobles de mi querer,
hermanos montañeses
por siempre hemos de ser

Juntos nos agrupemos
muy fuerte y muy leal
que la madre Cantabria
un abrazo nos da

 

VEN A LO MAS ALTO
 

Escudo de Cantabria

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Cantabria
El Nombre de Cantabria
3.000 Años de Historia
Las Guerras Cántabras
El Ducado de Cantabria
Los Nueve Valles
El Teju: el árbol sagrado de los cántabros
Dioses y Ritos
Mitología
Nuestra Lengua
Trajes de Cantabria
El Bolo Palma

 Cantabria

Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado
a irrevocable muerte; puede producir brillantes
individualidades aisladas, rasgos de pasión, de
ingenio y hasta de genio, pero serán como
relámpagos que acrecentarán más y más la
lobreguez de la noche.
                                         Marcelino Menéndez Pelayo

Tiempo e historia te abrazan Cantabria, tierra de peñascos y montañas, pueblo de
tenacidad y bravura, que a través de los Siglos, has ido escribiendo leyenda tras leyenda.
Cuentan que fuiste capricho de un Dios, que una noche ante mil estrellas te soñó y al
despertar las retó. A que sería capaz de crear un tesoro de cielo más hermoso que ellas,
y te creó, Cantabria, te moldeó, esculpió y te pintó llena de sol. Cuando terminó, te
contempló, y te vio tan hermosa que te nombró su reina, se arrodillo ante ti, y lleno de
amor te entrego su Corazón. Al igual que yo te amo Cantabria, pero... que puedo yo
escribir sobre ti, que no hayan escrito antes, que puedo decir si el tiempo, la historia, van
abrazados a tu belleza, a ti Cantabria. Cantabria... Si un Dios no te hubiese creado, te
hubiese inventado yo.
                                                                                                                             Albiar
 

Cantabria se ubica en el norte de la península ibérica, a orillas del  mar Cantábrico. Sus  fronteras son, al oeste, el Principado de Asturias, al este el País vasco, y al sur Castilla y León. Cantabria dada su orografía montañosa, su clima húmedo y su ubicación  en el litoral, son factores que han determinado su evolución histórica y su identidad. El aislamiento impuesto por las montañas, explican que Cantabria fuera hasta hace dos siglos un país apartado dentro del conjunto hispano, relegada al papel de bastión de resistencia indígena de distintos invasores (romanos, Visigodos y musulmanes). Cantabria resulta impresionante por su orografía agreste y los relieves de la cordillera cantábrica accidentada la practica totalidad del territorio, compartimentado en valles más o menos aislados cuyas comunicaciones naturales no suelen ser fáciles. La cordillera culmina en cumbres superiores a los 2.000 metros en la mitad occidental de la región (Torre Blanca con 2.617 metros, es la mayor altitud de Cantabria ), y algo más reducidas en la zona oriental , con desniveles muy fuerte entre las cimas y los fondos de los valles, normalmente próximos al nivel del mar. Los puertos de montaña más fáciles de acceso a la meseta se sitúan en torno a los 1.000 metros de altitud, pero tanto estos como los pasos secundarios tienen problemas de nieve en invierno. En el extremo occidental del país, al abrigo de los elevados Picos de Europa, se encuentra  la aislada comarca de Liébana, regada por el río Deva y separada del resto de Cantabria por el elevado cordal de Peña Sagra . Al sur la extensa comarca de Campóo.

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El Nombre de Cantabria

La denominación de  Cantabria procede del nombre del pueblo que habitó esta región en la antigüedad, al que llamaban Cántabro. No es segura la etimología de este vocablo. La raíz <<cant>> es celta o ligur y probablemente, significa piedra o roca. El sufijo <<arb>> tiene un sentido de <<relación a >>. Según esto, Cántabro sería tanto como habitante de las peñas o de las montañas. Cántabro, el pueblo que habitaba la región de Cantabria era conocido en la antigüedad por las fuentes grecos-latinas con el nombre de Cántabro. Se trataba de gentes de  montaña, que ocupaban un territorio cuyas fronteras rebasaban algo a las actuales de la región. Así , por el oeste, los Cántabros llegaban hasta el sella, al otro lado del cual se asentaban los Astures; por el sur llegaban hasta Cistierna, Guardo, Amaya, Bricia y Espinosa de los Monteros, Lindando con vacceos y turmogos, y por el este, el país de los Cántabros incluía el valle de Guriezo. Ocupaban, pues, la zona montañosa hasta el borde de las llanuras Castellanas, dominadas por las imponentes fortalezas de la peña Amaya, verdadera atalaya Cántabra sobre las tierras de vacceos y turmogos. La zona más caracterizada de Cantabria lo constituía las fuentes del Ebro y la franja costera que viene a coincidir con su meridiano. En realidad, se trataba de un  conglomerado de pueblos unificados y controlados por gentes procedentes de las inmigraciones indoeuropeas del 700 antes de Jesucristo (probablemente  los plentuisios y blendios del nacimiento del Ebro), y del año 600 antes de Jesucristo (los vellicos de la zona sur del país). Esto es lo que daba el carácter predominante <<Celta>> al pueblo. En el que, por una parte, existía a su vez  numerosos elementos culturales locales que se remontan, por lo menos, a la edad de bronce y, por otra, había influjos celtibéricos foráneos que iban superponiéndose, especialmente desde del siglo II antes de Jesucristo. Los Cántabros estaban divididos en tribus o <<gentes>>, probablemente no todas ellas culturalmente homogéneas. Además de las tribus ya citadas, los orgenomescos ocupaban una extensa zona de la región más occidental de la costa, que incluían San  Vicente de la  Barquera. También se cita a los avaríginos en el Alto Nansa; a los salenos, acaso, en las riberas del Saja. Los Cántabros coniscos tal vez ocupaban Valderredible. Los coniacos, la zona oriental y los concanos, posiblemente, la Liébana. Por de bajo de la tribu había una unidad social elemental que se llamaba <<gentilidad>> o clan. En las costumbres de los Cántabros había rasgos de tipo indoeuropeo, y otros muy acusados al menos en ciertos ambientes, evidentemente preindoeuropeos. Entre éstos destaca un cierto comportamiento de carácter matriarcal, con un predominio no tanto de la mujer como de la familia de ésta sobre la del marido, en temas de propiedad, transmisión de herencias y dotes matrimoniales. El género de vida es muy sobrio, las fuentes de producción muy escasas y reducidas a una economía de subsistencia fundada en la ganadería y en la cultura elemental. La actividad preferente del varón era la guerra, en la que los Cántabros destacaban como guerreros de un heroísmo a veces rayando la locura. No solo luchaban entre si, sino que depredaban, en los momentos propicios, los ricos campos de la llanura Castellana y se ofrecían como soldados mercenarios en países relativamente lejanos. Por eso adquirieron una merecida fama de temibles guerreros, amantes de sus costumbres y de su independencia. Cuando la derrota era inevitable, no rehuían el suicidio como salida honorable, para lo cual usaban una poción letal extraída de las hojas del tejo.     

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         3.000 Años de Historia

La primera referencia escrita que ha llegado a nosotros, en el que se cita al pueblo Cántabro se remonta a 200 años antes de Cristo. Su autor, el historiador romano Marco Porcio Catón, afirma que el Río Ebro nace en territorio de los Cántabros. A partir de aquel momento, las citas sobres Cántabros y Cantabria se sucede ininterrumpidamente hasta los tiempos de la dominación Romana, continuando después a lo largo de todo el imperio y el posterior reino de los visigodos. La fama del pueblo Cántabro está corroborada por las casi ciento cincuenta referencias que sobre él aparecen en los textos griegos y latinos, tanto históricos y geográficos como literarios, conservados. La razón suprema de aquella celebridad fue la tenaz y heroica resistencia que mantuvieron contra los ejércitos romanos por espacio de más de diez años, en desesperada defensa por su independencia y libertad. Por supuesto, era el más conocido de los pueblos del Norte de España, hasta el punto de que los romanos bautizaron con su nombre a todo el mar que baña la costa septentrional de la península. Aunque administrativamente sometido a los invasores, el pueblo Cántabro no perdió su identidad, como demuestran, sin lugar a dudas, los testimonios epigráficos que han llegado hasta nosotros, en donde, generalmente, aparece constancia de que quienes los elevaron pertenecían a la nación Cántabra. Paralelamente, existen numerosas evidencias de que mantuvieron en gran medida sus costumbres, instituciones y creencias ancestrales, hasta el punto de que, aunque la mayoría de los restantes pueblos hispanos perdieron su identidad anterior a lo largo de la dominación romana, los Cántabros lograron mantenerla. A la caída del imperio, este pueblo dio tan claras muestras de vitalidad como para asumir el radical protagonismo histórico de recuperar su vieja independencia frente al reino visigodo. Parece que eran buenos artesanos en la forja de hierro y en las técnicas de la madera. En su ajuar guerrero figuraban armas y adornos similares a las de otro pueblos Celtas de la meseta (espadas tipo Bernorio, puñales de antenas, fíbulas de doble resorte...), junto a elementos comunes a otros pueblos peninsulares, como la caetra o pequeño escudo redondo y los dardos y jabalinas, en cuyo manejo eran maestros. Por lo que se refiere a los cultos religiosos, parece que en la Cantabria prerromana se adoraba a una diosa madre, que después, en época romana, fue designada con el propio nombre del país, es decir, Cantabria. Posiblemente a ella, identificada con la luna, era a quien se rendía culto con animadas danzas y festejos en la noches de plenilunio, según nos cuenta Estrabón. Existía también un dios de la guerra, identificado más tarde con el Marte latino, a quien los Cántabros ofrecían en holocausto caballos y prisioneros. La sangre caliente de los primeros era bebida ritualmente por los individuos de la tribu Cántabra de los concanos, según diversos testimonios. Había , además, un dios de la tormenta, que más tarde parece designarse con el nombre de Júpiter Cantabricus, al que se dedicaban hachas votivas en los lugares donde caían los rayos. Otros dioses locales, cuyo nombre conocemos, aunque no sus atributos, eran Cabuniegino y Erudino. También sabemos que los Cántabros veneraban las cumbres de ciertas montañas, las fuentes, los ríos y otros elementos naturaleza. A los difuntos, que normalmente debían ser incinerados, si había muerto heroicamente en el combate se les daba un trato especial, dejando que su cuerpo fuera despedazado por los buitres, con el fin de que el alma pudiera emigrar al cielo con mayor premura. Esta costumbre es la que parece estar representada en la famosa estela de Zurita. Normalmente, los Cántabros habitaban en poblados fortificados sobre un alto; es lo que se domina<<castro>>. En el sur de Cantabria, donde tales fortalezas fueron objetos de mayor atención en razón de la defensa del país, conocemos magníficos ejemplares, como peñas Amaya, monte Cildá, monte Bernorio y otros en la región de Campóo.

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Las Guerras Cántabras

Primeramente se luchó contra los Cántabros
bajo las murallas de Bergida. De aquí huyeron
al elevadísimo monte Vindio, allí creían que
antes llegarían las aguas del océano que las armas romanas
                                                              Lucio Anneo Floro.
 

La llegada de los romanos a la península Ibérica tuvo lugar en el año 218 antes de Cristo con el desembarcoCorocota protagonizado por Escipión en Ampurias en el marco de la segunda Guerra Púnica. Lo que en Principio era una operación militar contra los cartagineses, que desde Cartago Nova (Cartagena) controlaban el cuadrante sudeste de la Península, al término de esta guerra ya se traducía el dominio romano sobre todo el aérea mediterránea. A lo largo del siglo II antes de Cristo, Roma se fu extendiendo de forma progresiva hacia el interior de la península, venciendo la dura resistencia de casi todos lo pueblos indígenas, de tal modo que la conquista de Hispania no se completó hasta prácticamente dos siglos después de su inició, en el año 19 antes de Cristo. Precisamente los Cántabros y sus vecinos serían los últimos pueblos en ser sometido por Roma, conociéndose con el nombre de Guerras Cántabras a los enfrentamientos bélicos que culminaron con la conquista de estos pueblos por las legiones de Octavio Augusto. Los historiadores romanos justificaron esta campaña contra los cántabros y astures como una respuesta a las incursiones de saqueo que éstos realizaban en las tierras cerealistas de la meseta, habitadas por pueblos ya sometidos a Roma. Casi todo lo que conocemos sobre las Guerras Cántabras se lo debemos a diversos autores latinos que escribieron sobre la mismas, principalmente Dion Cassio, Floro y Orosio. Sin embargo ellos no fueron testigo de las operaciones, sino que escribieron muchos años, e incluso varios siglos después, consultando otras obras más antiguas que no han llegado hasta nosotros. Los textos han sido objeto de interpretaciones muy diversas. Las guerras Cántabras se desarrollaron entre los años 29 y 19 antes de Cristo, si bien los tres primeros debieron ser de tanteo, con escaramuzas al sur de la cordillera. el comienzo de las operaciones a gran escala contra los cántabros tuvo lugar en el año 26. Por lo demás, la romanización de Cantabria debió ser un barniz superficial, pues a la caída del Imperio los Cántabros recuperaron sus viejos modos de vida, lo que sería impensable en un territorio que hubiera sido civilizado por Roma. En realidad la romanización borró la identidad de la totalidad de los pueblos Prerromanos de Hispania, exceptuando a varios  pueblos del Norte: los galaicos, los astures, los vascones y, por supuesto, los cántabros. Cuenta la leyenda: que el jefe de los cántabros, llamado Corocota, el cual se presentó ante los romanos para cobrar la recompensa que éstos habían puesto a su cabeza, 250.000 denarios; al parecer la osadía del cántabro sorprendió tanto a Agusto que, estupefacto, le dejo marchar libre.

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El Ducado de Cantabria

El Ducado de Cantabria fue creado durante el reinado del rey visigodo Ervigio (680-687 ddC), con el fin de dar cierta autonomía a la zona para garantizarse la paz en el norte de la Península Ibérica. La aparición documental de este nombre data del año 883, cuando aparece en la Crónica Albeldense al tratar Alfonso I de Asturias (739 al 757) diciendo: iste Petri Cantabriae ducis filius fuit, es decir, "junto a la figura se cita el título de Duque de Cantabria", que atestigua la territorialidad de su ducado, aun cuando no existían citas de ninguna época que determinen la extensión que pudiera tener el mismo pero que según el historiador Maza Solano era más o menos el mismo que el de la Cantabria romana. Amaya era su capital, localizada en el extremo sur del Ducado y en la ahora provincia de Burgos.

Las citas sobre el Ducado vuelven a encontrarse en las crónicas; así, la de Alfonso III dice: Adefonsus filius Petri Cantabrorum ducis y el historiador Sánchez Albornoz centra la fundación del Ducado de Cantabria en el último siglo de la historia hispano-goda cuando este territorio dejó de ser un enemigo y un peligro para la monarquía por el posible hecho de que durante esta época integrara un ducado regido por un Dux, delegado regio en el país, elegido entre los jefes guerreros, estableciéndose como primer duque de Cantabria a Favila, señor de Liébana y del territorio que delimitaban los ríos Sella y Deva.

Basándose en éstas y otras fuentes históricas hispanas, titulan Duque de Cantabria a Pedro (segundo Dux de Cantabria), padre del Rey Alfonso I el Católico, entre otras, las Crónicas de los Obispos Rodrigo Ximènez de Rada Toledano (siglo XIII); Lucas Tudense (Eo tempore Adefonsus Catholiicus, Petri, Cantabriensis Ducis filius); laCrónica General de don Alfonso X el Sabio (año 1289, fundamentada en la Crónica Mundi de Lucas de Tui del año 1230), Firmiter omnes obtinui munitipnes, sucit a victoriosísimo Rege Domino Adefonso, Petri Ducis filio y el cronista Assas en su Crónica General de España.

Según el historiador Joaquín González Echegaray en su obra Cantabria Antigua, Pelayo (quién en calidad de soldado profesional encabezó la sublevación inicial de los campesinos nativos de una zona del territorio de la Cantabria Occidental contra cierto control ejercido por el gobernador árabe de Asturias, Munuza) es nombrado jefe de los astures, logra la liberación de toda la Asturias Trasmontana del dominio cordobés y decide sellar un pacto con las otras zonas independientes del norte de España, que entonces controlaba el antiguo Duque de Cantabria, Pedro.

Bajo dicho pacto se concierta el matrimonio de Ermesinda, hija de Pelayo, con Alfonso, hijo del Duque Pedro, consolidando de esta forma la federación de ambos núcleos cristianos de lucha contra el Islam. A la muerte de Pelayo en el 737, es nombrado jefe de los Astures su hijo Fáfila (o Favila) quien dos años después resulta despedazado por un oso durante una cacería en los Picos de Europa. Es entonces el momento en que el cántabro Alfonso es proclamado jefe único de todos los pueblos sublevados por su doble vinculación con el movimiento cántabro-occidental a través de su esposa, y con el resto del movimiento cántabro por su filiación respecto al Duque Pedro. Así se establece una verdadera unión permanente, el territorio se ensancha y Alfonso, pareciéndole desfasado y poco significativo el antiguo título de duque, se decide a usar por vez primera el título de rey: Rey de los cántabros-astures (Alfonso I, El Católico).

El reino estará controlado por la Dinastía de la Casa de Cantabria, en la que destacarían reyes tan importantes como, aparte de Alfonso I, su hijo y nieto Fruela I y Alfonso II el Casto y los nietos de Pedro, Aurelio y Vermudo I, que eran hijos de Fruela, Duque de Cantabria y primer Conde de Castilla.

 

Bibliografía

  • ECHEGARAY GONZALEZ, J.; Los Cántabros. Ed. Librería Estvdio. Santander. 1993
  • SAIZ FERNÁNDEZ, J.R; El Ducado de Cantabria, origen de un Reino. Tantín. Santander. 2002

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Los Nueve Valles

Escudos. Los Nueve Valles

Uno de los procesos más interesantes de la Edad Moderna en Cantabria fue la progresiva unión de las jurisdicciones locales, la cual culminó en 1778 con la formación de Cantabria. El proceso se remonta a finales de la Edad Media, momento en que los grandes dominios señoriales aprovecharon la debilidad o la complicidad de la monarquía para extenderse por los territorios de realengo, que en Cantabria eran muchos. Frente a estos abusos los valles y villas intentaron defenderse con sus exiguas fuerzas, como en los casos del Valle de Toranzo frente a los Manique, o las villas de Santillana y Santander frente a los Mendoza  (Casa de los Vega.) . Pero salvo en el caso santanderino, villa que resistió al asalto de las fuerzas del marques de Santillana socorrida por gentes de Trasmiera y otras villas de la costa, los pequeños territorios cántabros no pudieron hacer frente a la fuerza militar señorial. La vía jurídica, denunciando los abusos señoriales ante las instancias correspondientes (Real Chancillería de Valladolid), se demostró más eficaz, si bien muy lenta, pues los pleitos se prolongaban durante muchas décadas debido a los recursos y apelaciones que realizaban los grandes señores. En 1495 el Valle de Carriedo presentó una demanda ante la Chancillería denunciando los abusos del marqués de Santillana, que había tomado dicho valle por la fuerza. Los carredanos obtuvieron sentencia favorable en 1499, si bien las distintas apelaciones del marqués de Santillana prolongaron el  ''Pleito de Carriedo'' hasta el año 1546, cuando se pronuncio la sentencia definitiva confirmando las pretensiones carredanas. Animados por este precedente, nueve de los valles de Asturias de Santillana, en adelante los Nueves Valles, se unieron para entablar su correspondiente pleito y restablecer su estatuto de reales valles frente a los abusos del marqués de Santillana. Eran los reales valles de Camargo, Villaescusa, Penagos, Cayón, y Piélagos por un lado, y los de Reocín, Alfoz de Lloredo, Cabezón y Cabuérniga por otro, separados ambos grupos precisamente por las posesiones señoriales de los marqueses de Santillana (Mayordomado de la Vega). Presentada  la demanda en 1544 ante la Chancillería de Valladolid, obtuvieron sentencia favorable en 1553, si bien los recursos del marqués de Santillana retrasaron la sentencia definitiva del llamado ''Pleito de los Valles''hasta 1581. Finalizado el contencioso favorablemente, los Nueve Valles decidieron mantener su unión y constituir una ''provincia'', para lo cual levantaron una casa de juntas en Bárcena la Puente, actual Puente San Miguel, en el Valle de Reocín. La Provincia de Nueve Valles sería el embrión de la Provincia de Cantabria, pues en los siglos siguientes mantuvieron su unión y libertades, y  además convocaron a sus juntas a otras jurisdicciones cántabras para hacer frente a los problemas comunes, que eran fundamentalmente los abusos señoriales o de la propia Corona. Otro precedente importante fue la Hermandad de las Cuatro Villas de la costa (Castro, Laredo, Santander, y San Vicente), cuyos orígenes se remontaban a la Edad Media, si bien la documentación de sus reuniones que se conserva ya pertenece a la Edad Moderna. Las juntas de las Cuatro Villas se celebraban en Bárcena de Cicero, o bien en cualquiera de las villas, pero siempre con carácter de absoluta igualdad entre ellas. El establecimiento en época de los Reyes Católicos de un corregimiento sobre las cuatro villas dio lugar a una curiosa situación en la que el corregidor y su familia residían tres meses al año en cada una de las villas. Laredo pretendió ser la capital del corregimiento, con la oposición de las restantes villas, pero el corregidor ansiaba lógicamente tener una sede estable, y finalmente en 1629 Laredo consiguió su designación como residencia del corregidor, aunque ello no significaba que fuera la capital, como se haría constar expresamente. En 1727 se produjo el primer intento conocido de agrupar a todas las jurisdicciones cántabras en un cuerpo provincial. En la villa de Santander se reunieron los diputados de ''este Partido de las Cuatro Villas de esta Costa de la Provincia de Cantabria'', comprendiendo todo el territorio de este corregimiento, es decir desde los valles hoy asturianos de Peñamellera y Ribadedeva y la Provincia de Liébana, hasta Castro Urdiales y los valles hoy burgaleses de Mena y Tudela. Así  pues, la proyectada provincia  cántabra abarcaba todo el espacio comprendido entre el Principado de Asturias y el Señorío de Vizcaya, faltando a ella únicamente la Merindad de Capóo, que a lo largo de la Edad Moderna tuvo su propio corregimiento dependiente curiosamente de Toro (Zamora). Sin embargo las ordenanzas redactadas y la propuesta presentada no obtuvieron la aprobaciónde la Corona, y el proyecto no fructificó, al igual que otros intentos que se hicieron en los años siguientes con idéntica motivación. Todavía hubo que esperar medio siglo hasta la  histórica junta celebrada el 28 de julio de 1778 en Puente San Miguel, cuando 27 jurisdicciones de las Asturias de Santillana y la provincia de Liébana constituyeron solemnemente la Provincia de Cantabria y aprobaron sus ordenanzas, invitando expresamente a las restantes jurisdicciones del Partido y Bastón de las Cuatro Villas a que se sumaran a la nueva provincia. Las ordenanzas de la provincia de Cantabria fueron aprobadas al año siguiente por el rey Carlos III, y sucesivamente se fueron incorporando a la misma las demás jurisdicciones de las Asturias de Santillana, así como las tres Villas Pasiegas. La ciudad de Santander también se integró, si bien trató de hacerlo con una preeminencia que las demás jurisdicciones le negaron, por lo que su participación en las reuniones fue conflictiva y de carácter irregular. En definitiva, esta Comunidad de Cantabria agrupó a la mayor parte de la actual, si bien quedaron al margen las merindades de Campoo y Trasmiera, así como otras jurisdicciones de la zona oriental. Debe destacarse que esta provincia no fue una de tantas jurisdicciones creadas a lo largo de la historia de la Corona, tales como merindades, corregimientos u otras, todas ellas fruto de la iniciativas del poder central. Por el contrario la Provincia de Cantabria se constituyó por la iniciativa voluntaria de los valles y villas de la región, que culminaron de esa manera el desarrollo de sus instituciones tradicionales de autogobierno: concejos abiertos, con participación de todos los vecinos; valles que  agrupaban a los concejos, con representación de cada uno de ellos; y la Provincia de Cantabria, en cuya juntas Generales se reunían los diputados de los distintos valles y villas bajo la presidencia de un Diputado General. La vida de la Provincia de Cantabria se prolongó durante casi medio siglo, pues las últimas juntas de Puente San  Miguel de las que existe noticias se celebraron en 1824, si bien los avatares de la Guerra de la Independencia y la abierta hostilidad de la ciudad de Santander hacia el proyecto fueron socavando su vitalidad. En la época del trienio Constitucional (1820-1823), al discutirse el proyecto liberal de hacer una división racional de España en provincias, las presiones del Ayuntamiento de Santander lograron desplazar el nombre de Cantabria de las propuestas e imponer la titulación de Santander para la nueva provincia, de manera que no hubiera dudas sobre su capitalidad, puesto que los santanderinos aún recelaban de Laredo. Así pues, cuando se crearon definitivamente en 1833 las provincias españolas, nació la Provincia de Santander y el viejo nombre de Cantabria volvió a quedar relegado oficialmente durante siglo y medio.     
 
                                                                Extraído del libro: Breve Historia de Cantabria
                                                                              Fernando Obregón Goyarrola   

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El Teju: el árbol sagrado de los cántabros

El tejo o teju común (Taxus Bacata Linnaeus, de la familia de Las Taxaceae) es un árbol que crece y se desarrolla en Cantabria de una manera espontánea (autóctono) por toda ella; preferentemente en las laderas sombrías, barrancos y hondonadas de las montañas, expuestas al norte, procurando evitar el estar a pleno sol. Prefieren los suelos calizos. El tronco es fuerte. La corteza es delgada, marrón rojiza y después se vuelve escamosa. Las ramas, muy extendidas, bastante horizontales y muy abiertas, masculinas y femeninas, están en distintos árboles. Las masculinas, con numerosos estambres, forman globitos amarillos, y las femeninas están constituidas por un solo rudimento seminal que, cuando maduran (fruto) forman un arilo carnoso viscoso y de coloración rojiza muy viva. Es de crecimiento lentísimo y puede vivir más de 1.000 años. Todos los órganos del teju son extremadamente tóxicos: raíces, ramas, hojas, semillas, etcétera, y lo único inocuo, que no tiene toxina (alcaloidevenenoso) es el arilo carnoso y encarnado (fruto), pero quitándole las semillas. Ya nos dice Estrabón cómo nuestros antepasados los Cántabros usaban el teju, que llevaban siempre consigo, para entregarse de tal manera a su jefe que prometían no sobrevivirle, muriendo con él si era necesario. Quizás sea el Árbol mítico más representativo de Cantabria.   

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Dioses y Ritos

La Estela de Barros: La estela es una piedra monolítica de forma discoidal que recuerda Estela de Barrosa los difuntos. La de Barros constituye un vestigio gigante; está decorada en bajorrelieve con anillos concéntricos, motivos geométricos y una esvástica en el centro. La estela es identificada como elemento y seña de cantabricidad. El símbolo central es, probablemente, de origen celta (uno idéntico aparece en la bandera del pueblo de Kilkenny, Eire). Conocida como «La rueda de Santa Catalina» o «De la Virgen», apareció muy cerca de la ermita, en un prado denominado «Los Lombos de la Rueda»,  en el pueblo de Barros, perteneciente al Ayuntamiento de Los Corrales de Buelna, y data de 400 años antes de Cristo. Otros símbolos similares han sido encontrados desde entonces en otras partes. El símbolo es conocido como la Estela de Barros y se cree que los antiguos cántabros la usaron como bandera en sus guerras contra Roma. La estela original  ( 170 centímetros de diametro y 32 centímetros de espesor de piedra arenisca) se encuentra en el Parque de las Estelas, junto a la ermita de "Nuestra Señora de la Rueda" (Barros). Su figura aparece en la parte baja del escudo de la comunidad autónoma de Cantabria.

Los cántabros practicaban cultos de tipo naturalista: veneraban a los montes, bosques, lagos, serpientes. Las representaciones solares de las numerosas estelas gigantes que se han encontrado, hacen suponer que también existiría el culto a un dios solar. Se han encontrado en Zurita de Piélagos, Barros y Lombera en Buelna y San Vicente de Toranzo. Se las considera de la Cantabria prerromana, aunque también pudieron haberse creado bajo dominio romano, puesto que también se conocen estelas discoideas con inscripciones latinas como la de Luriezo ( Cabezón de Liébana ). También se conoce el nombre de un dios, Erudinus, a quién se rendía culto desde la cima del Pico Dobra, en Torrelavega. Existía un dios-padre, asimilado más tarde al Júpiter romano. En Herrera de Camargo se descubrió una bella escultura de bronce que le rendía culto. También aparece un dios de la guerra cántabro que en el futuro sería asimilado al Marte latino al que se le ofrecían sacrificios de cabras, caballos y prisioneros. Parece estar confirmada la presencia de una diosa llamada Cantabria. Se ha encontrado un ara votiva en el Danubio, hasta donde llegaron los soldados cántabros con el ejército romano, dedicada a esta deidad. Esta diosa podía estar relacionada con algún tipo de culto a la luna. También existe un indicio de culto a las "matres". En el monte Cildá apareció una ara dedicada a la diosa Mater Deva, conocida en el mundo céltico y relacionada con las aguas. El río Deva en Cantabria, permite establecer la relación con la diosa. Hemos sabido que los cántabros sacrificaban a sus prisioneros en gran número y que las cuevas tenían gran importancia para el pueblo cántabro, puesto que las utilizaban con fines funerarios.
Por una pequeña escultura de bronce encontrada en Castro Urdiales sobre un escarpado monte, deducimos que los
Neptuno Cántabro cántabros de la costa veneraban a un dios del mar, asimilado posteriormente al Neptuno latino, aunque en este caso, el Neptuno cántabro se presenta como un joven imberbe que lleva un collar en forma de media luna. Aparecen otros atributos clásicos como el